Manos que Ayudan, Corazón Contento©

Revisado por De Dorman de la historia titulada “Manos que Ayudan, Corazones Contentos” escrita por la Sra. Robert Surpless

1ª. Juan 3:17 “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?
Gálatas 5:14 “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Era a mediados de Julio en esta pequeña isla del Caribe y eso significaba que iban a haber muchos días largos, y calientes por delante, pero la belleza se podía ver cuando las palmeras de cocos se balanceaban contra el brilloso cielo azul cuando la gentil brisa pasaba por ahí. Perezosas pequeñas olas sonaban al rozar la orilla de la playa alisando la dorada arena. No se podía ver mucha gente porque era por la tarde y eso significaba que era hora de la siesta. Aunque casi todo estaba silencioso, se podían escuchar las voces de dos niñas.

“No llores Lupita, por favor no llores.” Le rogaba su hermana mayor Catalina. “Necesitamos regresar a la casa para ayudar con Pablo. Lo más probable es que ya este despierto.”

“Estoy cansada y tengo mucha sed y me duele la espalda.” Dijo Lupita mientras con mucho cuidado se tocaba su hombro ampollado.

Catalina vio que su hermanita estaba muy quemada. Su único vestido le colgaba de un hilo, dejando sus hombros al descubierto. “Yo sé, pero tal vez alguien nos pueda ayudar.” Dijo esperanzada. Huérfanas desde una edad temprana, Catalina de 11 años tenía la responsabilidad de cuidar de su pequeña hermana y hermano, y la única manera que conocía de conseguir ayuda era pidiéndole a la gente de su isla.

“Vamos a esa casa.” Dijo mientras señalaba a una casa verde brilloso. Tal vez ellos tengan un vestido para ti.”

“Por favor, ¿tendría un vestido para pequeña hermanita?” Pregunto Catalina.

La mujer vio a la pobre niña y les dijo que esperaran un momento. Pronto regreso con un vestido en su mano y se lo dio a Catalina.

“Muchas gracias.” Dijeron las dos niñas.

“Pueden tomar un trago de agua de la manguera al lado de la casa, si tienen sed.” Les dijo la señora mientras les señalaba, después cerró la puerta. Ya tenían un vestido para Lupita pero no había donde se cambiara. Después de caminar por un rato, las huérfanas decidieron detenerse en una casa más y pedir ayuda. “Vamos a esa casa.” Dijo Lupita mientras señalaba. “Abuelita dice que las personas que viven ahí son personas de Jesús. Aunque las niñas no sabían lo que la Abuela quería decir con “personas de Jesús” decidieron intentarlo, así que cruzaron el camino caliente y llegaron hasta el frente de la puerta con sus pies descalzos, ardiendo todo el camino.

Una vez más toco Catalina. Esta vez una mujer extranjera abrió la puerta. Las niñas estaban temerosas hasta que las saludo con una sonrisa y les dijo en su idioma que era una misionera

“¿Qué puedo hacer por ustedes?” les pregunto.

“Somos huérfanas y hemos caminado mucho hoy. Tenemos hambre… si tiene algo de ropa que ya no quiera, nosotras la podemos usar.”
Dijo Catalina mientras apuntaba a sus pies. Ella sabía que muchos extranjeros tenían suficiente ropa y comida para varias familias.
“Siento mucho que no tengo ropa extra pero les puedo dar algo para comer.” Les dijo la agradable señora con una sonrisa. Pronto regreso con algo de pan y plátanos. Mientras se los daba a las niñas, vio que Catalina sostenía algo.

“¿Qué es eso en tu mano?” le pregunto.
“Es un vestido para mi hermana pero no tenemos donde se cambie.”

“Bueno, ese es un problema que podemos resolver fácilmente.” Dijo su nueva amiga. “Pasen y cámbiate aquí.”

A las niñas les gustaba esta nueva amiga. Algo era diferente en ella, pero no sabían que era.

Mientras Catalina ayudaba a Lupita a cambiar vestidos, la misionera les dio a las niñas unas tarjetas con versículos de la Biblia y comenzó a contarles sobre el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo. De pronto, su bebe comenzó a llorar y necesitaba atención. Mientras les decía “adiós” a las niñas las desafió a memorizar el versículo y les dijo que después hablarían más.

“Nos vamos a aprender el versículo. Adiós.” Catalina y Lupita dijeron. Las dos niñas se apresuraron.

“Son personas de Jesús.” Dijo Catalina mientras caminaban hacia su casa. Lupita asintió con la cabeza y sonrió mientras las dos niñas comían su plátano.

Hizo que la amable misionera se sintiera triste al pensar que las dos niñas caminaban en el caliente, sol tropical y que Lupita tenía una terrible quemada en su espalda. Ella oraba por las niñas seguido, pidiéndole al Señor que cuidara de ellas.

Después de mucho tiempo, la amable misionera vio a las niñas otra vez, junto con su pequeño hermano, Pablo.
Ella los saludo con una sonrisa mientras los saludaba agitando su mano “¡Hola niños!” ¡Esa era toda la invitación que necesitaban! Los tres niños corrieron al otro lado del camino y cada uno tomo un gran trago del agua que los estaba esperando. Después de que su sed fue calmada, se sentaron bajo la sombra de un árbol con la misionera. Esta vez el bebe estaba dormido y ella pudo contarles más sobre Dios y Su gran amor por ellos. Ella les hablo sobre un maravilloso lugar llamado Cielo.

“Maestra,” interrumpió Catalina. “¡Yo creo que yo puedo ir al Cielo si soy buena y voy a la Iglesia!”
La paciente maestra le pregunto entonces, “¿Tú crees que siempre eres buena?”

“Bueno…..” pensó Catalina… “trato de serlo.”

“¿Alguna vez has dicho una mentira?” le pregunto la misionera.
Catalina no respondió.

Entonces dijo Pablo con una fuerte voz, “¡maestra, ella no siempre se porta bien…. Y yo tampoco!”
La lección continuó mientras la maestra les contaba a los tres huérfanos que Dios los amaba y que envió a su Hijo Unigénito a este mundo para pagar por nuestros pecados. Continuó diciéndoles que es la preciosa sangre de Jesús, Su Hijo que nos hace limpios cuando le pedimos que perdone nuestros pecados. La maestra continuó explicándoles sobre como Dios sabe lo que hay en cada uno de nuestros corazones y que no podemos limpiar nuestros corazones nosotros mismos.
De pronto, Catalina miro hacia arriba y dijo “¡Oh, yo tengo pecado en mi corazón y necesito que Jesús lo limpie!”
La amable misionera asintió con la cabeza y les pregunto a los niños si les gustaría tener un corazón que está más limpio que la blanca nieve.
Todos ellos querían esto, y uno por uno, cada niño hablo con Dios, confesando que eran pecadores y pidiéndole que les diera un corazón limpio porque ellos creían que Jesús había pagado por sus pecados en la cruz. Cada uno de ellos le pidió a Jesús que los salvara y que caminara con ellos durante el transcurso de sus vidas. Le agradecieron a Dios por Su gran amor y por la amable misionera y dijeron “Amén.”

“Esperen un momento” les dijo la maestra. “Tengo una sorpresa para ustedes.” Los tres niños esperaron emocionados. “¿Qué podrá ser?”
Se preguntaban.
Rápidamente regreso. Tenía folletos con el evangelio hechos especialmente para niños, y en su idioma. Además, había un pequeño paquete que le dio a Catalina.

“Niños y niñas, muchos adultos que también aman al Señor en Canadá y los Estados Unidos nos mandan cosas especiales para niños de esta isla. Hay algunas cosas en este paquete para cada uno de ustedes.” Les dijo mientras los veía sonreír.

“¡Muchas gracias maestra!” dijeron los niños mientras daban risitas nerviosas con gusto.
Después de que terminaron de ver lo que traía la caja, sabían que necesitaban regresar a su pequeña choza, pero estaban nerviosos.

“Maestra,” dijo el pequeño Pablo “tenemos miedo del camino que tenemos que tomar para llegar a casa.”
“¿Por qué tienen miedo?” quería saber ella.

Catalina interrumpió, “¡hay cangrejos de tierra muy grandes caminando por el camino y pueden morder nuestros pies descalzos!”
Comprensivamente, se dio cuenta de su miedo y les dijo, “va a ser diferente ahora, niños. Ahora tienen a Jesús para que los ayude en todo. Ya no tienen que tener más temor, solo pídanle a Jesús que les ayude.

Varias semanas después la misionera volvió a ver a los niños y se veían tan felices. Tenían grandes sonrisas en sus caras y le contaron sobre su camino de regreso a casa. “¡Todo estuvo bien, y ningún cangrejo mordió nuestros dedos!” exclamo la pequeña Lupita.

“¡Nos estamos aprendiendo nuestros versículos de la Biblia y leyendo los libros… Oh, también estamos asistiendo a la Escuela Dominical!” Dijo Catalina con una enorme sonrisa.
Todo esto paso porque una señora se tomo el tiempo de ser amable. (Salmos 95:8 “No endurezcáis vuestro corazón…”)

Invitación de salvación y para el servicio

Otros versículos sugeridos: Juan 3:16; 1 Corintios 9:23; 1 Corintios 15:58; Efesios 4:32; Efesios 2:10, Mateo 9:36

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